«La obra de Bartolomé Junquero se destaca por su atención a lo que el tiempo ha dejado con huellas de soledad y silencio; pero de una quietud que él quisiera redimir en lo que pinta con capas coloristas de un sol radiante, el sol que nos inunda por esta parte privilegiada del mundo para terminar y volver a empezar cada día en unos crepúsculos y amaneceres sin alteraciones bruscas, es decir, en su eterna canción poética de ida y vuelta.
A veces nos muestra en sus cuadros un cierto envolvente nebuloso y nostálgico, como si fuese el llanto místico de una despedida, y es quizá por ello que no quiera hacer testimonio de figura humana, cuando sabemos que el hombre es el único responsable de nuestro desastre ecológico.
Él solo dice, con su querido mar envuelto en atmósferas pictóricas de tintas semiapagadas que nos parece le sirviera para desahogar aquel lamento interno.
Él nos habla de su amor a la naturaleza ordenada y escueta, sin exhuberancias cargadas o estridentes: «La disciplina de lo natural» como en uno de sus folletos nos explica. Y no es que entendamos esa actitud como un reproche manido y teatral de rebeldía, sino que le atrae y le interesa todo lo que de arriba la luz envuelve y dignifica el mundo como el de ahora, el que nos ha tocado vivir y no nos gusta. donde respiramos la torpeza del feísmo y los escombros de nuestra propia corrupción»
Julio Ceballos
Académico correspondiente de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Sevilla
Decía el maestro Antonio Gaudí que “la vista es sintética, y la vida se aprecia con la vista”, y es eso, propiamente dicho, lo que un espectador puede apreciar en la pintura de Bartolomé, una sintetización de los espacios en los que queda mimetizada la vida. Dichos espacios, generalmente naturales, se reflejan de una manera sensitiva para acercarnos a nuestro interior y recordarnos la finitud humana frente la monumentalidad eterna de la naturaleza. Esta monumentalidad está expresada en todos los elementos, que se complementan en una búsqueda continua de lo sublime.
El mundo pictórico de Bartolomé presenta una ambivalencia entre dos mundos artísticos, el tradicional y el postmoderno, ya que detrás del realismo pictórico se esconde una continua lucha por la recuperación del clasicismo, y plantea un intento por hacerlos conciliar. Quizá se deba a su formación y personalidad, ya que, sobre la base del artesano pintor, se ha ido construyendo una forma de ser sustentada por dos pilares, el amor por lo cercano y el desarrollo intelectual.
Por tanto, en sus pinturas nos encontramos ante tridimensiones en las que la compleja paleta de colores nos lleva hacia la disyuntiva entre ayer y hoy, cercanía y lejanía, alegría y melancolía, maximización y minimización, física y metafísica, en definitiva, la vida.
A.A. G.